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sábado, 8 de julio de 2017

No esperaba vivir hasta el amanecer

Hace años pasé por mi más dura experiencia. Estaba preocupado y desesperado. Mis preocupaciones no tenían relación alguna con la empresa J. C. Penney Company.
 
Este negocio era sólido y activísimo, pero yo, personalmente, había contraído algunas obligaciones poco juiciosas con anterioridad a la depresión de 1929. 
 
Como otros muchos, fui acusado de condiciones en las que no tenía responsabilidad.
 
Estaba tan acosado por las preocupaciones que me era imposible dormir y contraje una enfermedad muy dolorosa llamada herpes zoster, que es una erupción cutánea  llena de ampollas.
 
Consulté a un médico, un hombre que había sido mi condiscípulo en la escuela secundaria de Hamilton, Missouri: el doctor Elmer Eggleston, miembro del Kellog Sanitarium de Battle Creek, Michigan. El doctor Eggleston me ordenó guardar cama y me advirtió que estaba muy enfermo. 
 
Me prescribió un tratamiento muy severo. Pero no me sirvió de nada. Cada día me sentía más débil. Tenía los nervios y el cuerpo entero destruidos. Lleno de desesperación, no podía ver siquiera un rayo de esperanza. Ya no tenía nada por qué vivir. 
 
Me decía a mí mismo que no me quedaba un solo amigo en el mundo y que hasta mi familia se había puesto en contra de mí. 
 
Una noche el doctor Eggleston me dio un sedante pero el efecto duró muy poco y me desperté con la abrumadora sensación de que ésa era la última noche de mi vida. 
 
Me levanté y escribí cartas de despedida a mi esposa y a mi hijo diciéndoles que no esperaba vivir hasta el amanecer.
 
Cuando desperté a la mañana siguiente me sorprendí de encontrarme vivo. Al bajar por las escaleras oí que cantaban en una capillita donde todas las mañanas hacían ejercicios de devoción. 
 
Todavía recuerdo el himno que se cantaba: Dios cuidará de ti. Fui a la capilla y escuché con ánimo sombrío el canto, un comentario sobre las Escrituras y las oraciones. 
 
De pronto sucedió algo. No puedo explicarlo. Sólo puedo llamarlo un milagro. Sentí como si me sacaran bruscamente de las tinieblas de una prisión a la cálida y brillante luz del sol. Sentí como si me transportaran del infierno al paraíso. 
 
Sentí el poder de Dios como nunca lo había sentido antes. Comprendí entonces que sólo yo era responsable de mis zozobras. Comprendí que Dios estaba allí para ayudarme. 
 
Desde aquel día mi vida ha estado libre de preocupaciones. Tengo setenta y un años, y los veinte minutos más dramáticos y gloriosos de mi existencia fueron los que pasé aquella mañana en la capilla: "Dios cuidará de ti".

J. C. Penney
 
 
 
Fuente: 
DALE CARNEGIE - "Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida" - OCTAVA PARTE - Cómo vencí a la preocupación. 31 relatos verdaderos.
    Historia de J.C. Penney contada por Dale Carnegie:
      El 14 de abril de 1902, un joven con quinientos dólares en el bolsillo y un millón de dólares en determinación abrió un almacén en Kemmerer, Wyoming, una aldea minera de mil habitantes en la senda de carromatos trazada por la Expedición Lewis y Clark. Este joven y su esposa vivían en el desván del almacén, utilizando una gran caja vacía como mesa y cajas menores como asientos. La esposa envolvía a su criatura en una manta y la hacía dormir bajo el mostrador; podía así ayudar a su marido en la atención de los clientes. Hoy, una de las mayores cadenas de almacenes generales de todo el mundo lleva el nombre de este hombre: los almacenes J. C. Penney. Hay más de mil seiscientos de ellos distribuidos por todos los Estados de la Unión.
    Recientemente cené con el señor Penney, quien me habló del momento más dramático de su vida. (Ver historia arriba) J. C. Penney aprendió a librarse de la preocupación de modo casi instantáneo, porque descubrió el remedio perfecto.

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