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jueves, 23 de agosto de 2018

El mito del colesterol alto o el escándalo de las estatinas

Por Rosa M. Benito-Moreno

El lavado de cerebro que más éxito ha tenido en términos de convencimiento del grueso de la población es el relacionado con la –supuesta– responsabilidad del colesterol alto en la mortalidad cardiovascular y su necesidad de bajarlo consumiendo medicamentos. Cuando escribí la primera versión de este artículo, ya había acumulados suficientes estudios científicos independientes que demostraban que todos estos supuestos no eran ciertos.

En el año 2018, es tal la evidencia, que asombra que gran parte del cuerpo médico todavía no se haya enterado.

Para empezar habría que considerar que es alto: en los años 70 alto era más de 240 mg/100ml y sólo se consideraba como posible riesgo si, además, había otros factores como ser fumador o tener sobrepeso.

En 1984 se decidió que la cifra se bajaba a 200 y en los años 2000 se intentó limitarla a 180. Es evidente que, cuanto más se reduce el nivel aconsejado, más “pacientes” en buena salud necesitan un tratamiento y más aumentan los ingresos de ciertas compañías.

Sin embargo, en personas sanas el colesterol sube de forma natural con la edad y para una mujer o un hombre sanos en su cincuentena una cifra de 240-260 mg/100 ml no solo puede ser completamente normal si no que es recomendable, aunque probablemente nadie –empezando por tu médico– te lo ha dicho.

En principio un colesterol normal puede variar entre 150 y 300 mg/100ml dependiendo de la constitución de la persona (1), su edad y su trabajo. Un trabajador manual, por ejemplo, puede tener cifras de colesterol de 250mg/100ml con amplias fluctuaciones tanto hacia arriba como hacia abajo (2) sin que eso signifique ningún problema de salud.

A partir de los 60 años tener suficiente colesterol es todavía más importante. Ya en 1989, el profesor Bernard Forette, gerontólogo en un hospital de Paris comprobó que en pacientes de más de 60 años la mortalidad más baja –incluyendo todas las causas– se daba en el grupo de personas con un colesterol total de 272 mg/100ml, mientras que el grupo con un colesterol de 156 mg/100ml tenía una mortalidad 5,2 veces superior (3).

También encontró que con un colesterol de 343 mg/100ml la mortalidad era 1,8 más elevada que en el primer grupo, lo que sugiere que un colesterol de más de 340 también puede indicar problemas pero que, incluso así, es menos problemático que un colesterol demasiado bajo.

Otros estudios posteriores han mostrado lo mismo.

La conclusión es, por tanto, que a partir de los 60, un colesterol total demasiado bajo es un factor de mayor mortalidad (3). Y no solo eso, la tasa demasiado baja de colesterol se ha relacionado con un aumento de depresión, ansiedad y problemas mentales, especialmente el Alzheimer (5). Por lo que actualmente, muchos expertos en el tema, consideran que la famosa tasa máxima de 200 mg/100ml sería en realidad el límite mínimo deseable en la mayoría de la gente.

Por ejemplo, para el doctor Henri Joyeux, cirujano cancerólogo especialista en la prevención de enfermedades de la civilización y profesor en la facultad de medicina en Montpellier, una tasa ideal de colesterol total estaría entre 240-250 mg/100ml.

Probablemente no es lo que te ha dicho tu médico y, si te acercas a las cifras normales altas, hay bastantes posibilidades de que te receten estatinas –un medicamento con unos efectos secundarios peligrosísimos a medio y largo plazo que incluyen, en casos leves, dolores musculares, pérdida de tono, de agilidad mental, de vivacidad y de interés así como problemas de memoria y baja de la libido –por no decir, pérdida total, sobre todo en los hombres.

Si tomas esta medicación y pensabas que los susodichos efectos eran responsabilidad de la menopausia (o de la edad que avanza, para los señores) desengáñate... son las estatinas y cada vez hay más estudios médicos y publicaciones independientes para probarlo.

Eso sin contar con las posibles consecuencias graves de este medicamento que son demencia y muerte prematura por destrucción de músculos –entre ellos el del corazón al que se supone están protegiendo– e insuficiencia renal aguda en personas mayores.

Tal vez te interese también saber que, en el año 2013, las estatinas eran un negocio de 40.000 millones de dólares anuales (añade 6 ceros a cuarenta mil). Por lo que es uno de los medicamentos que produce más beneficios a nivel mundial; también es uno de los mayores pozos sin fondo de la seguridad social en los países que la tienen.

Pensando mal, no sería de extrañar que los intereses económicos que representa el colesterol, tengan más peso que las realidades científicas y el interés de los (falsos) pacientes.

¿Pero, qué es el colesterol?

Ya desde finales de los años 70 el doctor Michel de Lorgeril, cardiólogo e investigador en el CNRS, junto con su equipo, afirmaba que un colesterol excesivamente alto podía ser un marcador de una forma de vida alterada; marcador sí, pero no culpable, por lo que bajar su tasa en sangre por medios artificiales –léase estatinas- no aporta ninguna mejora (4).

De la misma opinión era el doctor e investigador danés Uffe Ravnskov desde 1989, así como el cardiólogo suizo Mikael Rabaeus, el neurólogo y experto en nutrición David Pearlmutter (5) o el profesor Philippe Even, bioquímico y cardiólogo francés, el que dice que no hay colesterol malo (1).

Para entenderlos hay que conocer algo más sobre el colesterol que lo que nos cuenta el dogma oficial. Por ejemplo, que el colesterol es una molécula indispensable que ha tenido y tiene un papel esencial en la evolución de la vida terrestre.

En nuestro caso –seres humanos–, asegura la protección y ensamblaje de las membranas de los billones de células del cuerpo, en particular de las musculares, cardíacas y nerviosas y estabiliza los receptores hormonales, inmunológicos y neurológicos.

Además, es a partir del colesterol que se sintetizan todas las hormonas sexuales femeninas y masculinas, las hormonas corticoides o del stress y la vitamina D que protege nuestros huesos.

También transporta las grasas, pero el colesterol en sí no es una grasa.

Por otro lado, es una molécula complicadísima que necesita 36 etapas químicas sucesivas para formarse y es tan indispensable para el cuerpo que este la recicla en permanencia –por ello, consumir alimentos ricos o no en colesterol tiene poco o ningún efecto sobre el colesterol total que es, sobre todo, fabricado en el hígado y liberado en el torrente sanguíneo según las necesidades del momento.

Un detalle importante es, que al tiempo que se fabrica colesterol y usando su mismo camino bioquímico, se sintetiza otra molécula importantísima: el mevalonato que, por su parte, va a controlar el crecimiento celular, la inflamación y la construcción del hueso.

Es interesante saber que las estatinas no solamente bloquean la síntesis de colesterol si no también la de mevalonato con consecuencias que pueden ser desastrosas a largo plazo.

Si tantos médicos y cardiólogos siguen recetando estatinas es por un lado, por la confianza casi religiosa que tienen en el dogma establecido –afianzada diariamente por el lobby farmacéutico– y por otro, porque no todos los médicos tienen suficientes conocimientos de bioquímica.

Finalmente, todo el mundo ha oído hablar del buen y mal colesterol… el supuestamente malo se llama LDL por low-density lipoproteins o lipoproteínas de baja densidad que son proteínas que lo transportan a los tejidos con necesidad urgente.

Es por tanto un colesterol indispensable.

El colesterol que no es utilizado vuelve al hígado transportado por otras proteínas las HDL o high-density lipoproteins (lipoproteínas de alta densidad). Este es el que se ha llamado bueno sin tener en cuenta que volverá a salir del hígado en forma de LDL en cuanto las células manden mensaje de necesitarlo.

Este es un ciclo permanente y vital que varía según el tiempo y las necesidades. Por ejemplo, en un cuerpo sano, los niveles de colesterol aumentan naturalmente un 20 % en otoño para descender paulatinamente durante el invierno. ¿Cuántos profesionales de la salud lo saben?... así que, mientras las cosas sigan siendo como son, más te vale que te lo analicen en primavera o a mitad del verano.

¿Y cuál es la relación real entre la enfermedad cardiovascular y el colesterol?

Durante más de cuarenta años nos han contado que el consumo de grasa alimenticia aumenta una forma de colesterol llamado malo en la sangre de millones de personas. Este se adhiere a las paredes de las arterias y termina impidiendo el flujo sanguíneo y la llegada de oxígeno y nutrientes al corazón, por lo que hay que bajarlo tomando un medicamento de preferencia.

Toda la historia tiene su origen en un estudio sesgado –es decir, donde solo se tomaron en cuenta aquellos datos que convenían a la tesis favorecida por el investigador principal– elaborado por Ancel Keys, un científico americano especialista en nutrición. Al final de los años 1970 el gobierno americano, preocupado por la epidemia de enfermedades cardiovasculares entre sus ciudadanos, hace suyas las teorías de Keys y las oficializa en sus recomendaciones nutricionales.

Sin embargo hace ya más de dos décadas que numerosas investigaciones han demostrado la falsedad de estas teorías (5) y que múltiples estudios exhaustivos han fracasado en la tarea de encontrar una correlación entre los niveles de colesterol y las enfermedades cardiacas (6).

Solamente ahora, para el periodo 2015-2020, y en la imposibilidad de ignorar la acumulación de estudios epidemiológicos y de meta- análisis que demuestran claramente que el colesterol y las grasas alimenticias no están relacionados con las enfermedades cardiovasculares, se han cambiado las recomendaciones.

Aunque parece que no se ha enterado casi nadie, empezando por la mayoría del cuerpo médico.

En la actualidad se siguen otras pistas, especialmente la de la inflamación, para explicarse el origen de la enfermedad cardiovascular.

Por ejemplo, durante 25 años de seguimiento de 10 000 personas con problemas cardiacos (7) se observó que –independientemente del nivel de colesterol- las victimas de infarto disminuían significativamente el riesgo de sufrir otro si reducían sus niveles de inflamación. Sin embargo, si su nivel de inflamación era alto, tenían un 25% de posibilidades de sufrir un segundo infarto fatal en los cinco años siguientes.

El nivel de inflamación se mide con marcadores sanguíneos como el fibrinógeno y la CRP (proteína C reactiva) que no están relacionados con el nivel de colesterol.

En realidad, la inflamación, lleva siendo señalada desde hace décadas por muchos profesionales de la salud, como el origen de la mayoría de las enfermedades llamadas “de civilización”, incluidas las cardiovasculares.

En cuanto al origen de la inflamación –se entiende que exceptuando accidentes, exposiciones profesionales a tóxicos o enfermedades específicas– es bastante claro: el tipo de alimentos que ingerimos.

Si la dieta está llena de de productos procesados y refinados aumentan las toxinas y los procesos inflamatorios. Las membranas celulares terminan dañándose y necesitan ser reparadas; para llevar a cabo esta reparación el organismo libera grandes cantidades de hormonas corticoides y colesterol –el LDL que es el que el cuerpo usa para enviar a los tejidos.

Las membranas basales de los capilares y arterias también pueden ser dañadas en este medio ambiente tóxico, produciéndose reacciones inflamatorias necesarias para aumentar el flujo sanguíneo en las zonas dañadas en un intento del cuerpo de llevar oxígeno, nutrientes y evacuar las toxinas metabólicas.

Una acumulación de episodios inflamatorios puede producir heridas en la pared arterial con hemorragia y peligro de formación posterior de coágulos. La medida de emergencia del organismo para prevenir un infarto o un derrame cerebral debido a los coágulos, es contener la hemorragia de inmediato usando la lipoproteína LP5 que, en un primer momento, sella las heridas abiertas incorporando colesterol LDL, que es la molécula reparadora por excelencia.

Si el cuerpo se ve obligado a cicatrizar la misma herida 50 o 100 veces termina creando una placa cicatricial, rígida –por lo tanto más fácil de romper en caso de aumento puntual de la presión sanguínea–, espesa, fibrosa y llena de ácidos grasos en el centro –pero muy poco o nada de colesterol– que pueden oxidarse y crear a su vez irritación e inflamación en un círculo vicioso difícil de parar si no se cambia de dieta.

La conclusión es que el colesterol no tiene nada que ver con el desastre cardiovascular al que se ve abocado, lenta pero inexorablemente, el organismo… si no que es la molécula encargada de paliar los daños más severos en situación de emergencia.

Inflamación y alimentos.

Los alimentos tóxicos no son las grasas naturales contenidas en los alimentos naturales, si no, sobre todo, los carbohidratos refinados.

Para que te hagas una idea, hablamos del exceso de azúcares y de harinas refinadas, cosas como bollos, sodas, alimentos “bajos en grasas”, pastelitos, barras energéticas… cereales de desayuno y zumos de fruta envasados, llenos de azúcar en ambos casos, entran en esta categoría.

Se puede añadir el abuso de alimentos industriales trufados de conservantes, que pueden ir desde un queso para untar hasta un embutido, teniendo en cuenta que, asimismo, las grasas hidrogenadas trans de la mayoría de los alimentos industriales, incluyendo las margarinas, son tóxicas.

Y un consumo mínimo o nulo de ensaladas y verduras crudas y cocinadas.

De manera muy esquemática, podría decirse que esta es la dieta aproximada de una gran parte de la población actual. Es la dieta que termina produciendo enfermedades cardiovasculares, pero también diabetes de tipo 2, alergias y asma en niños, artritis y artrosis en personas más mayores… y la lista de se alarga cada vez más.

Aunque no quisiera que te agobiases.

Si hay un tema delicado, es el de la comida. Como ya he escrito varias veces en este blog y también aseveran las dos grandes medicinas naturales de la tierra, que son la china y la ayurvédica, la dieta perfecta para todo el mundo y en toda circunstancia no existe.

La lectura de libros sobre dietas perfectas, desarrolladas por médicos o nutricionistas en países y condiciones muy específicos, es gran productora de angustia. Las dietas vegetariana, paleolítica, crudívora, vegana, sin gluten, sin lactosa, cetógena y demás, son indudablemente adecuadas para casos o creencias particulares y también para enfermedades concretas, pero no para todo el mundo, lo que se observa viendo que todas son distintas y unas prohíben lo que aconsejan las otras.

Si no tienes problemas de salud, lo que yo siempre sugiero es el régimen tradicional, refiriéndome con ello a la cocina tradicional de tu país. Es evidente que tradicionalmente no se come igual en Austria, en México, en España y en Colombia.

La cocina tradicional se adapta al clima, utiliza los productos de la zona y no hace un uso excesivo de los alimentos tóxicos que he descrito brevemente más arriba. Es, justamente, cuando se deja de hacer la cocina tradicional y se empieza a comer un día sí y otro también alimentos y sodas industriales que empiezan los problemas.

Lo que tampoco significa que vayas a cocinar como tu abuela, puesto que probablemente no trabajas en las mismas condiciones, pasas menos frío y estás expuesta a más substancias tóxicas.

Lo que es importante en la cocina tradicional es que se supone que compras la mayoría de los productos sin transformar y que los cocinas con una grasa natural, sea esta aceite de oliva virgen extra, manteca de cerdo, mantequilla, aceite de coco, etc. dependiendo de los usos de cada país. También que tomas suficientes ensaladas y verduras, preferentemente ecológicas.

Sin embargo no te fíes de todas esas grasas que jamás se usaron en la cocina de tu tierra y que pueden ir del aceite de girasol refinado a la grasa de palma y otros aceites transformados para que sean sólidos y que son tóxicos para nuestro organismo.

Puede que todavía cocines algo, pero poco y que no veas la manera ni tengas el tiempo para dedicarte a recrear recetas de tu madre o de tu abuela. También es posible que, siguiendo una cierta idea de la dieta sana, comas muy poca grasa. Además empiezas a tener molestias que achacas a la menopausia y, si no tomas suficiente grasa probablemente tomes demasiado azúcar o productos con azúcar escondido. En estos casos lo que yo sugiero como mínimo es una o dos ensaladas diarias antes de la comida y/o la cena dependiendo de si es invierno o verano y de lo que tu veas que te apetece.

Y una ensalada no es una triste hoja de lechuga. Puedes añadir según la época del año remolacha, nabos, rábanos, zanahorias… todo crudo y rallado, además de semillas de girasol, de calabaza, nueces, germinados... Todo generosamente regado con un buen aceite que puede ser de oliva virgen extra. El tomar una ensalada antes de la comida, cambia la forma de apreciar los alimentos, es muy probable que empieces a disminuir naturalmente tu ingestión de productos con azúcar y que te replantees lo que comes.

El caso siguiente es que tu cuerpo está ya dando señales de intoxicación grave, tienes triglicéridos elevados, glicemia alta y el colesterol disparado –más de 300–. Recuerda que el colesterol es la molécula reparadora… el cuerpo está produciendo más en un intento de retrasar la catástrofe que se avecina.

Necesitas una dieta que cambie radicalmente tus hábitos de comer, porque podría ser que ya no te queda mucho tiempo antes de ponerte realmente enferma. Yo sugiero que esto se haga siempre con el apoyo de un profesional nutricionista y que se elija la dieta que más se adecue a la persona, puede ser el régimen hipotóxico de Seignalet, o una dieta vegetariana de tipo ayurvédico o una cetógena como la recomendada por el Dr. Perlmutter. Se puede eliminar completamente el gluten y la lactosa si se sospecha de intolerancias, o simplemente reducirlo.

Hay que adaptarse y también hay docenas de libros en el mercado dónde buscar información.

Una cura semejante, pone en contacto con el cuerpo y la intuición por lo que después la persona sabe instintivamente que comidas le sientan bien y cuáles no… probablemente podrá volver a tomar un corderito asado de vez en cuando con un buen vino y unos huevos fritos con chorizo, pero no le apetecerá nada la comida basura.

Estoy tomando estatinas ¿qué hago?

Con la información que ya tienes, tendrás que tomar tú la decisión de si las tiras a la basura o no. De hecho, si tu médico te ha recetado estatinas es que todavía no se ha enterado de nada y está convencido de qué hay estudios científicos que muestran que las estatinas disminuyen el riesgo cardiovascular bajando el colesterol.

¿Cómo puede estar equivocado hasta ese punto?

Traduzco al profesor Philippe Even que, en una entrevista concedida en febrero del 2013 (8) dijo lo siguiente:

"He analizado cada uno de los 46 más grandes estudios realizados sobre 230 000 pacientes, todos financiados por la industria (farmacéutica) salvo tres, los únicos tres, por cierto, con resultados negativos: en el momento que no se trata de la industria se dice la verdad.

Todos los otros están falsificados en cada etapa: selección de enfermos, criterios de evaluación del medicamento, retirada de los resultados negativos, métodos estadísticos manipulados e ilícitos, presentación de resultados distorsionada haciendo creer en reducciones “significativas” de 10% a 20% de la mortalidad, cuando se trata de reducciones estadísticamente no significativas del orden de 0,2 %, es decir 99,8% de fracasos…( )

Después del estudio viene la redacción del artículo, llevada a cabo por médicos pagados por la industria y aquí es la colección de mentiras. El artículo arregla los resultados del estudio, él mismo ya optimizado.

Le sigue un resumen que no retiene más que los argumentos a favor de las estatinas. El resumen se termina con una conclusión de tres líneas que va todavía más lejos en este sentido, así como el título elegido.

Todo precedido por un editorial triunfalista, redactado por un líder de opinión universitario financiado por la industria, que elogia todavía más los maravillosos resultados.

El método es remarcablemente eficaz, puesto que la mayoría de los cardiólogos no leen más que el resumen y a veces sólo el título y el editorial, o incluso nada, puesto que están convencidos de antemano…"

Me parece que no hay más que añadir, salvo una excepción: las personas afectadas de hipercolesteremia familiar, que es una enfermedad rara, tienen que ser consideradas aparte y necesitan un seguimiento médico específico.

Bibliografía:

(1) Philippe Even. La Verité sur le Cholestérol. Ed. du Cherche-Midi, 2013.

(2) Andreas Moritz. Los secretos eternos de la salud. Medicina de vanguardia para el siglo XXl. Ed. Obelisco 5ª edición 2010.

(3) Ravnskov U. et al. Lack of an association or an inverse association between low-density-lipoprotein cholesterol and mortality in the elderly: a systematic review. BNJ Open 2016; 6: e010401.

(4) Michel de Lorgeril. Cholestérol, mensonges et propagande. Ed. Thierry Souccar, 2013.

(5) Pearlmutter D, Loberg K. Cerebro de pan. Grijalbovital, 2014.

(6) Petousis-Harris H. Saturated fat has been unfairly demonized: yes. Primary Health Care 2011; 3,4: 317-319.

(7) Ridker PM et al. Antiinflamatory therapy with Canakinumab for atherosclerotic disease. N Engl J Med 2017; 377: 1119-1131.

(8) Entrevista en “Le Nouvel Observateur “ del 14-20 de febrero del 2013.

NOTA:

Este artículo se ha revisado completamente en enero del 2018.

Fuente:

https://menobl.blogspot.com/2014/02/16-el-mito-del-colesterol-alto-o-el.html?spref=fb&m=1

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